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Recuerdo de un colegial

Archivado en Personal • Fecha: 17-04-2006 01:31:35

En el colegio no sólo aprendimos la cultura básica de la vida, sino que también experimentamos con nuestra vida.

Se van acabando ya las vacaciones de semana santa, de la SS que las llamo yo, que le dan un toque políticamente más incorrecto. Unas de las cosas que he hecho estos días ha sido revisar mis libros y cuadernos que tenía arrinconados en el fondo de un armario empotrado, más atrás de aquella videoconsola que me trajeron de Andorra allá por inicios de los ’90 y que tenía más de 200 juegos cutres pero mogollón de adictivos… reliquias del pasado que las veo y me evocan tantos recuerdos… En fin, que he sacado libros y libros, de cuando yo era un proyecto de buen estudiante.
Qué recuerdos los del colegio. Mi colegio era uno público llamado Aben Hazam y estaba construido en honor a un árabe que debió ser famoso en alguna época. Recuerdo en párvulos y cuando hacía como que me asfixiaba para llamar la atención de la profesora y recuerdo aquellos barullos en el patio que se formaban cuando venía alguno a darnos cromos de fútbol al otro lado de la verja. Los profesores decían que no los cogiéramos porque tenían droga jajaja… jodido empeño profesoril en intentarnos evadir de los ocultos vicios del juego, si al final llegó la p2p y el ISS. Y luego estaban las tanganas que se formaban en el patio, casi todas las semanas había peleas y lejos de ir a separar a los púgiles del patio, íbamos y les animábamos más. Uno de los juegos más divertidos era el clásico pasillo de las collejas, del que más te valía no salir el último al recreo porque sino te tocaba estar los 30 minutos de recreo recibiendo hostias. Con el paso de los años, nos fuimos pegando a los cursos de mayores y el pasillo de las collejas se sustituyó por “las ventanas”, que fundamentalmente consistía en pegar a quien se la ligara. También estaban las ropas o arropas, era un juego de inteligencia, estrategia y suspicacia que consistía en tirarte encima de alguien y más te valía colocarte bien porque sino te podían hundir las costillas… Ay… y cómo olvidar las luchas de los lunes después de haber visto el domingo anterior a las 12 del mediodía el Pressing Catch (yo siempre me pedía al último guerrero).
Pero bueno, visto así parece que todo nuestro reducto por divertirnos se basaba en la violencia, no no y no, como buenos chicos deportistas jugábamos al fútbol con una lata de cocacola porque las pelotas no nos las dejaban en el recreo.
Cómo poder olvidar la etapa en el colegio sin hacer una breve mención a seres como los clásicos macarrillas, que más te valía llevarte bien con al menos uno, eso te daba inmunidad para no ser atacado por el resto, yo afortunadamente tenía primos mayores en el colegio y me defendían tan sólo dándoles las bolsas de gusanitos y chuches que repartían la gente que cumplía años. Cuanta gente me olvidaré… estaba kike el eskeletor, diana la chupapollas, victor el orejas, cornejo el peruano, etc...
No puedo olvidar a Ferrari Feijoo, la persona más trastornada que he conocido en la vida (y mira que ha llovido desde entonces), se escapaba por las ventanas de clase, pegaba a los profesores, se escapó de casa, hizo sus necesidades en mi ascensor un día en el que me llamó para decirme que se había vuelto a ir de casa, nos introdujo en el arte del grafiti, nos acojonó haciendo nuestra primer guija, sorprendidos veíamos como iban desarrollándose sus atributos masculinos (era un año mayor), fantástico compañero de pupitre el que tenía.
En fin, parar ir terminando no puedo olvidar a los profesores… estaba Miguel, que nos pegaba cachetes por no sabernos la lección, estaba Pepe que nos fascinaba mostrándonos cosas muertas en frascos, estaba Carmen Cabeza que para más inri tenía una cabeza descomunal, estaba Montse de la que corría el rumor que se hacía dedos en el baño, estaba Ofelia mujer falangista reconocida que nos contaba la vida “tradicional”… Bueno, tampoco me puedo olvidar de los dos profesores que más he querido en el colegio, Don Evelio Carbonero que era el director y que se jubiló el año en el que partimos para el instituto, nunca le olvidaré en la estación de Reus en fin de curso bailando rock en los andenes, genial. Y como olvidarme también de Consuelo Galván con la que perdí el contacto hace años y que lo último que se es que se fue a su pueblo de Salamanca.

La verdad es que me dejo en el tintero mogollón de anécdotas que nos han pasado. Creo que salvo algunos amigos, lo único que me queda de esa época son las anécdotas, por eso pocas veces me arrepiento de haber vivido algunas situaciones, porque ahora las ves y aunque algunas sean un poco deprimentes, son divertidas de recordar y será lo único que tendré para contar algún día lejano a mis nietos de mi etapa en el colegio y en otro día quizá no tan lejano al psicólogo. Asique a vivir la vida y a aprovechar todo momento en el que se pueda hacer algo fuera de lo normal, que casi siempre terminan en anécdotas y las anécdotas marcan la historia de nuestra vida, que sin anécdotas no hay recuerdos, ni hay historia ni hay vida.

Guardaré los libros y cuadernos de apuntes no tan en el fondo del armario para así poder recordar de nuevo éstas y muchas otras anécdotas más a menudo.

Carpe Diem.

Escrito por Alberto Esteban
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